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sábado, 23 de mayo de 2009

Es la ciencia una actividad humana creativa


Es la ciencia una actividad humana creativa: Ruy Pérez Tamayo
Al definir a la ciencia como una actividad humana creativa, cuyo objetivo es la comprensión de la naturaleza y su resultado es el conocimiento, el médico y escritor Ruy Pérez Tamayo participó en el ciclo de charlas "El lenguaje se crea, se destruye y se transforma".
Organizado por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), el evento contó con la presencia de la docente de la UACM, Mónica Lavín, quien sirvió de moderadora.
Pérez Tamayo manifestó su alegría por poder participar en ese ciclo, con un sentido del humor exquisito.
Ganador de la medalla que otorga la UNAM por 55 años de carrera como profesor, el autor de los libro "Soy médico" y "Acerca de Minerva" platicó sobre su inquietud por ser médico.
"Mi padre era violinista y trabajaba en Tampico, en donde nací por accidente, por motivos de un trabajo temporal de mi papá.
Después de venir a vivir a México, el médico que me atendió cuando nací estableció una amistad con mi padre.
"Desde él, los médicos tenían prestigio en mi casa, por lo cual mi mamá quería que fuera doctor y mi papá no quería que fuera músico, para que nos fuera bien económicamente", dijo.
Dedicado al área de patología, Pérez Tamayo manifestó que gracias a la admiración que sentía por su hermano se comprometió a estudiar medicina, igual que él, y así los hermanos se tenían que prestar los libros, para ahorrar dinero.
Más adelante destacó que su gusto por la medicina se dio cuando por primera vez la entendió y la aprendió, señalando que su compañero en la universidad lo inspiro más al poseer él un laboratorio pequeño en su casa, donde realizaba experimentos.
"Cuando me invitó a su casa, me encantó, y a los 15 días quería ser igual que él, entonces empecé a trabajar.
Nuestras actividades consistían en cazar gatos en la noche para meterlos al laboratorio, operarlos y medirles la presión arterial".
Empezando a trabajar como médico e investigador, el también colaborador en el Colegio Nacional y la Academia Mexicana de la Lengua comentó que su gusto por la patología lo empezó a desarrollar dos años después, al haber conocido a un maestro muy simpático e inteligente.
Después de estudiar una especialidad en Estados Unidos, Pérez Tamayo, ya había cambiado en su forma de hacer las cosas, y se vio en la necesidad de buscar trabajo, pidiendo una oportunidad en el Hospital General.
Señaló que tenía en sus manos un donativo de 75 mil dólares para crear un laboratorio, pero tardo seis meses en convencer tanto al rector de la UNAM y al director del Hospital General para crear el primer laboratorio de patología.
Más tarde se refirió a él como maestro, al señalar que la mayor satisfacción que puede tener un docente es la de ver cuando un alumno lo supera, "porque quiere decir que el profesor logró su objetivo; afortunadamente, muchos de mis alumnos me superaron".
Cambiando de tema y manteniendo un sentido del humor ameno, recordó que hace algunos días impartió una plática en una escuela para explicar las 10 razones para ser un científico.
"La primera y la última que mencioné fue que es para disfrutar la juventud eterna, la cual yo no inventé, sino que la saqué del prólogo del libro de mi hijo".
Hablando de su carrera como escritor, el médico y científico destacó que su principal objetivo es hacer un libro de divulgación para que todos la entiendan.
"Hace algunos años me operaron de dos discos intervertebrales y me pusieron un aparato que no me permitía salir de mi casa, y nada más me quedaba escribir", de ahí nació el libro "El viejo alquimista".
Respecto a ese libro, Pérez Tamayo señaló cuando lo dio a El Colegio Nacional y lo exhibía en las feria de libro de México, se convirtió en un éxito.
Cuando le preguntaron sobre la palabra que más le gusta, comentó que es "serendipia", la cual proviene de un cuento donde un escritor de origen inglés definió así al descubrimiento de algo que no se está buscando, mientras se está buscando otra cosa.
Para finalizar, Ruy Pérez Tamayo describió que los tres elementos del trabajo científico son "el tener ideas, el ponerlas en práctica y la serendipia".

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